sábado, 21 de septiembre de 2013

LA GENERACIÓN DEL 20


Como toda generación que surge, la del 20 quería dejar una huella profunda y constructora en la vida de este país. Las obras de sus literatos lo dicen claramente: “El problema social del indio”, en Asturias, “El autócrata”, en Wyld Ospina, sendos ejemplos de ese miso anhelo. Pero como que nuestro país se obstina en hacer caso omiso de las voces de sus intelectuales, como que se empecina en negarles la posibilidad de aportar su clara visión al bien colectivo.
               


LA GENERACIÓN DEL 20


Por Manuel José Arce

(De la serie “Pensando Tonterías” VII)

Primera Parte

La historia de Guatemala es, en mi manera quizá muy personal de verla, en gran parte, la historia de la sistemática frustración de las diferentes generaciones que en ella se han producido. No sé, pareciera que un sino trágico y absurdo impidiera el florecimiento de los mejores sueños de los guatemaltecos.

Todo parece condenado a descomponerse, a podrirse antes de madurar. Como que llegamos o muy tarde o demasiado temprano a la cita de la histórica.

Cuando el liberalismo despunta en nuestra patria bajo el gobierno de Gálvez, aquella corriente renovadora y vital que llegaba en el momento justo, con las condiciones históricas propicias  -la euforia de una recién consolidada independencia-  para hacer de su práctica el camino natural para el desarrollo social lógico en la evolución del país, ocurre que algo se quiebra y produce un anacrónico retorno al pasado.

Cuando el liberalismo vuelve en 1871, viene ya con síntomas de decadencia, contaminado del egoísmo pragmático en el que ha caído en otros países después de muchos años y, en vez de generar un capitalismo nacional fuerte y progresista, produce un capitalismo que tiene el Estado por nodriza total y cede a la menor presión económica foránea.

Los gobiernos liberales que siguen a la dictadura de Tata Rufo no tienen  -salvo la “liturgia”-  nada de liberales. El liberalismo en Guatemala  -y acaso lo digo con mucha ligereza-, a pesar de su revolución legislativa, se frustra, entra en descomposición muchos antes de florecer y de dar los frutos que de él era de esperar.
La revolución democrático-burguesa de 1944-54, a pesar de la exaltada semántica revolucionaria, de la mística juvenil renovadora de la que estuvo impregnada y de algunas sobresalientes medidas históricas (seguro social, reforma agraria, código de trabajo, sindicalización, etc.), no logra sino realizar algo de lo que el liberalismo no pudo asentar institucionalmente.

Pero, sus mejores conquistas, sus finalidades más fundamentales, se frustraron, no sobrevivieron al breve lapso primaveral de diez años. Y esa generación, como aquellas del liberalismo, tuvo que presenciar también el desmoronamiento de sus más constructivos anhelos.

Vienen las parrafadas anteriores a propósito de que don Epaminondas Quintana, médico letrado, indigenista y cirujano, me preguntaba en días pasados mi opinión  -mi desautorizada opinión-  acerca de la generación del 20.

Y mi opinión es que la de que la generación del 20  -como la del 71, la del 44 y tantas más-  se frustró.

Una generación que creció sufriendo en carne propia la dictadura de Estrada Cabrera, que lanza a la vida adulta y republicana con la gloriosa gesta que se inicia el 11 de marzo y que luego se ve condenada a sufrir cuartelazos y tiranías,  exilios, prisiones y muerte bajo Orellana y Ubico, por mucho que los 311 hayan pertenecido a ella, es una generación que vio quebrados sus ideales, frustradas sus esperanzas de una mejor sociedad para Guatemala.

Dio exponentes notables en todos los campos: Miguel Ángel Asturias es quien acaso mejor resume en su vida  -en su vía crucis-  el sino de aquella generación.  Y, a pesar de los premios Lenin y Nobel, de la obra cumplida y del prestigio conquistado, ¡cuánto de dolorosa frustración había en el fondo de la palabra del Gran Lengua! Porque la hermosa obra de Asturias no tuvo, desgraciadamente, correlación con la vida de Guatemala. Como toda generación que surge, la del 20 quería dejar una huella profunda y constructora en la vida de este país. Las obras de sus literatos lo dicen claramente: “El problema social del indio”, en Asturias, “El autócrata”, en Wyld Ospina, sendos ejemplos de ese miso anhelo. Pero como que nuestro país se obstina en hacer caso omiso de las voces de sus intelectuales, como que se empecina en negarles la posibilidad de aportar su clara visión al bien colectivo.
                                                                     
Asturias y Wyld Ospina, a pesar de sus profundas convicciones democráticas, fueron tragados  -sin instancia posible de albedrío personal-  por la dictadura omnímoda de don Jorge ¡cuánto más cercana al Estrada Cabrera que esa misma generación que a los postulados de la revolución del 1920 con la que sus miembros se identificaron.










Publicado por LaQnadlSol
CT., USA.

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